Los Nuevos Radicales Católicos
El integralismo y su desafío a la libertad religiosa
El siglo XX fue una época en que muchos gobiernos limitaron o persiguieron la religión. En casos moderados, como Turquía e India, solo se restringió la participación de la fe en la política. En la Unión Soviética y en la China de Mao, la persecución fue brutal y sin límites.
Esta tendencia a separar la religión del poder público llegó a su punto más alto a finales del siglo XX, cuando el liberalismo — el sistema político basado en las libertades individuales, las elecciones democráticas y la separación entre Iglesia y Estado — parecía haber ganado definitivamente. Para inicios del siglo XXI, casi todos en Occidente aceptaban estos valores. Las elecciones presidenciales de 2012 en Estados Unidos son un buen ejemplo: ni Mitt Romney era un derechista extremo, ni Barack Obama era socialista. Los dos eran, en distintos grados, liberales.
Todo cambió en 2016. De repente, las restricciones a la inmigración y una postura agresiva en la guerra cultural ganaron terreno en muchas democracias. Países tan distintos como Rusia, India, Polonia y Turquía vivieron un resurgimiento de la política religiosa. Las élites liberales fueron señaladas como opresoras. La identidad cultural desplazó a la economía como tema central. En Estados Unidos, la discusión sobre la raza tomó el lugar que antes ocupaba la reforma de salud. La derecha política — que ya no se oponía al Estado de bienestar ni exigía austeridad fiscal — empezó a ganar elecciones. Las proclamaciones del triunfo definitivo del liberalismo resultaron ser prematuras.
Viejas doctrinas, nuevas amenazas
De todos los movimientos que hoy desafían a la democracia liberal, el integralismo católico es el más sofisticado desde el punto de vista intelectual. El integralismo es una corriente de pensamiento que no surgió de la jerarquía oficial de la Iglesia, sino de académicos y escritores laicos que se consideran defensores de una tradición política católica auténtica, abandonada en el afán de adaptarse al mundo moderno.
En términos sencillos, los integralistas creen que la Iglesia Católica debería tener autoridad real sobre los gobiernos cuando se trata de asuntos espirituales. Para ellos, la Iglesia y el Estado son dos instituciones que gobiernan en paralelo: la Iglesia se ocupa del bien eterno y la salvación; el Estado, del bienestar terrenal. Pero como la misión de la Iglesia es más elevada, puede en ciertas circunstancias indicarle al Estado qué hacer.
El integralismo católico se apoya en tres ideas fundamentales:
Autoridad natural: Dios le da al Estado la misión de promover el bienestar de la comunidad en esta vida.
Autoridad sobrenatural: Dios le da a la Iglesia la misión de promover la salvación de todos los bautizados.
Poder religioso indirecto: Para cumplir esa misión espiritual, la Iglesia puede ordenarle al Estado que aplique sanciones civiles — es decir, castigos legales — que apoyen los fines religiosos, siempre que no dañen otros bienes esenciales.
Las dos primeras ideas son fáciles de entender. Dios le da al gobernante secular la autoridad para promover el bienestar común en esta tierra. Y le da a la Iglesia una autoridad paralela para guiar espiritualmente a los bautizados.
La tercera idea es la que hace único al integralismo. La mayoría de los teólogos católicos creen que la Iglesia y el Estado deben gobernar cada uno en su propio ámbito. Están de acuerdo en que la Iglesia tiene una misión más noble. Pero los integralistas van más lejos: afirman que, precisamente por eso, la Iglesia debe poder ejercer autoridad sobre el Estado cuando su misión espiritual está en juego.
En la práctica, esto significa lo siguiente: si la Iglesia excomulga a alguien por herejía y esa persona no se arrepiente, el Estado podría imponer castigos civiles para que regrese al camino de la fe.
Hay una distinción importante: en un Estado integralista, estas sanciones civiles se aplicarían únicamente a los bautizados, quienes están bajo la autoridad de la Iglesia. Los no bautizados quedarían fuera del alcance de ese poder, ya que no pertenecen a la comunidad de la Iglesia.
Este sistema es muy distinto tanto de la separación moderna entre Iglesia y Estado como de una teocracia tradicional. En una teocracia, los líderes religiosos gobiernan directamente. En el modelo integralista, las dos autoridades se superponen en ciertos casos, pero mantienen esferas propias.
Aunque puede parecer que el integralismo simplemente retoma la doctrina social tradicional de la Iglesia, en realidad se aleja de ella en tres puntos clave:
Primero, la Iglesia convencional busca influir en la sociedad mediante la persuasión moral. Los integralistas, en cambio, exigen autoridad política directa sobre los bautizados.
Segundo, la enseñanza social católica moderna considera la dignidad humana y la libertad religiosa como derechos fundamentales. Para los integralistas, la libertad religiosa está por debajo de la misión de la Iglesia de salvar almas. Los no bautizados tendrían amplia libertad; los bautizados, no tanto.
Tercero, la Iglesia convencional acepta la separación institucional entre Iglesia y Estado. Los integralistas exigen que la Iglesia tenga un papel formal en las decisiones del gobierno cuando se trate de asuntos espirituales.
En mi opinión, el integralismo fue la doctrina dominante en Roma durante siglos, posiblemente desde el siglo XI hasta el XIX. Pero en 1965, el Concilio Vaticano II publicó la Dignitatis Humanae, declarando con firmeza que “la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa”. Con eso, el Estado dejó de tener el deber de imponer la ley religiosa. El integralismo parecía haber muerto.
Del pensamiento al movimiento
A mediados de los años 2000, varios intelectuales católicos tradicionales comenzaron a cuestionar la doctrina de la libertad religiosa, culpándola del debilitamiento del catolicismo en Europa Occidental y Estados Unidos. Hace unos 15 años, el filósofo inglés Thomas Pink propuso una idea: la Iglesia estaba muriendo porque había olvidado su identidad. Si la recuperaba, podría renacer.
El obstáculo era la Dignitatis Humanae. Algunos católicos tradicionales simplemente rechazaban ese documento del Concilio. Pero Pink no quería crear divisiones. En cambio, argumentó que ese documento era compatible con las posturas más tradicionales de los papas del siglo XIX, si se interpretaba correctamente.
La elección de Donald Trump como presidente transformó el movimiento. Los integralistas británicos seguían enfocados en renovar la Iglesia. Pero los integralistas estadounidenses vieron en Trump una oportunidad política. Gladden Pappin, profesor de la Universidad de Dallas, lo consideró un instrumento útil para combatir el liberalismo secular y animó al movimiento a involucrarse más en la política. Sohrab Ahmari, un joven y carismático periodista, se convirtió al catolicismo y se unió al grupo. Y Adrian Vermeule, influyente profesor de derecho en Harvard, también se sumó, dándole al movimiento un respaldo académico que antes no tenía.
¿Qué los motivó? Los católicos conservadores se sintieron sacudidos por el avance rápido del movimiento LGBT. La decisión de la Corte Suprema en el caso Obergefell (2015), que legalizó el matrimonio entre personas del mismo sexo, y el fallo Bostock (2020), que amplió las protecciones contra la discriminación por orientación sexual, los alarmaron profundamente. También les preocupó la defensa cada vez más amplia del derecho al aborto y las limitaciones a las exenciones religiosas. Un caso emblemático fue el de las Hermanitas de los Pobres — una congregación de monjas dedicadas a cuidar ancianos en situación de pobreza — que fue presionada por el gobierno federal por negarse a cubrir anticonceptivos en su plan de salud.
Estas tensiones dividieron al movimiento. Los integralistas británicos querían transformar la Iglesia desde adentro. Los estadounidenses querían transformar el Estado. Esta diferencia se hizo más clara en la obra de Vermeule, cuya visión para reformar el gobierno de Estados Unidos revela lo que el movimiento implicaría para la libertad religiosa.
Este giro fue una ruptura profunda con la historia del catolicismo en Estados Unidos. Generaciones anteriores de católicos habían buscado demostrar que su fe era compatible con la democracia americana. El ejemplo más conocido es el discurso de John F. Kennedy en 1960, en el que reafirmó su compromiso con la separación entre Iglesia y Estado. Incluso los católicos conservadores solían trabajar dentro del sistema constitucional, defendiendo sus posturas mediante el proceso democrático y aceptando el pluralismo.
Los nuevos integralistas rechazaron ese camino por completo. En lugar de buscar la compatibilidad entre el catolicismo y la democracia liberal, argumentaron que son fundamentalmente incompatibles. Donde generaciones anteriores pedían exenciones religiosas dentro del sistema, los integralistas quieren cambiar el sistema mismo, tomando el control de sus instituciones desde adentro.
El desafío a la libertad religiosa
Para Vermeule, tanto el Estado como la Iglesia necesitan poderes administrativos fuertes y deben trabajar juntos para guiar a la sociedad hacia el bien común. Aunque afirma que prefiere la persuasión antes que la fuerza, su visión tiene consecuencias serias para la libertad religiosa.
El desafío se presenta en tres áreas concretas.
Primera: la interpretación de la Constitución. Vermeule desarrolló lo que llama “constitucionalismo del bien común”. A diferencia del originalismo conservador — que interpreta la Constitución según el significado que tenía cuando fue escrita — Vermeule propone que los jueces usen valores morales concretos al tomar decisiones en casos difíciles. Bajo este enfoque, por ejemplo, podrían justificarse más restricciones a la libertad de expresión de las que hoy permite la ley, si se considera que dañan el bien común. También podría justificarse darle más independencia al gobierno federal frente al Congreso.
Esta visión choca con el federalismo estadounidense — el sistema que distribuye el poder entre el gobierno federal y los estados — porque los integralistas prefieren una autoridad centralizada. Por eso a veces se alían con sectores progresistas que también favorecen un gobierno federal fuerte, lo que puede parecer una combinación política inusual.
Segunda: el alcance del poder del Estado. La visión integralista exigiría cambios profundos en la Constitución, especialmente en lo que se refiere a la separación entre Iglesia y Estado. Una de sus propuestas sería limitar la Primera Enmienda — que prohíbe al Congreso establecer una religión oficial — solo al gobierno federal, lo que requeriría cambiar radicalmente la interpretación actual de la Decimocuarta Enmienda. En conversaciones privadas con líderes del movimiento, he podido confirmar que su meta final sería lograr que la Iglesia Católica sea reconocida como autoridad espiritual oficial. No buscan llegar ahí de golpe, sino paso a paso, a través de cambios graduales en la interpretación judicial y en la práctica del gobierno.
Tercera: el trato a las minorías religiosas. Los integralistas defienden la libertad religiosa de los no bautizados, pero no la de los bautizados. La Iglesia podría ordenarle al Estado que aplique castigos civiles a los católicos bautizados para que cumplan con sus obligaciones religiosas. Como dice Vermeule, los cristianos deben construir comunidades religiosas sólidas para resistir a las élites liberales. En sus palabras, los católicos deben encontrar “una posición estratégica desde la cual cauterizar con hierros candentes la fe liberal, derrotar y conquistar los corazones y las mentes de los agentes liberales, apoderarse de las instituciones del viejo orden que el propio liberalismo ha preparado y dirigirlas hacia la promoción de la dignidad humana y el bien común”.
En Estados Unidos, los católicos tienen una influencia intelectual enorme entre las élites conservadoras. Si los integralistas logran convencerlos, tendrán el poder para gobernar. Los nueve magistrados de la Corte Suprema — el tribunal más poderoso del país — tienen una influencia extraordinaria sobre la vida de todos los estadounidenses. Cinco de ellos son católicos.
Los integralistas no están solos en este camino. El primer ministro húngaro Viktor Orbán comparte parte de su agenda. La Iglesia Ortodoxa Rusa apoya con entusiasmo la guerra de Putin contra lo que llama el “decadente Occidente liberal”. En Estados Unidos, el nacionalismo cristiano protestante está creciendo. El islamismo político nunca ha dejado de avanzar. En India, los nacionalistas hindúes dominan el gobierno a través del BJP. Todos estos movimientos forman parte de un patrón global: una resistencia espiritual organizada contra la democracia liberal.
Por qué esto importa hoy
A pesar de algunos tropiezos políticos, los integralistas ofrecen a la Nueva Derecha la esperanza de una victoria total contra el liberalismo — no un compromiso, sino la construcción de una nueva Cristiandad católica sobre las ruinas de un sistema que consideran destinado a fracasar.
La decisión del presidente Trump de elegir al senador de Ohio J. D. Vance como vicepresidente en 2024 merece atención. Vance tiene fuertes vínculos con el movimiento integralista, principalmente a través de su amistad con figuras cercanas como el politólogo Patrick Deneen. Vance se ha descrito a sí mismo como un “posliberal católico”, término que los integralistas usan frecuentemente para referirse a su propia postura. No sé si Vance es integralista. Pero es significativo a nivel mundial que alguien con ideas tan afines a las del integralismo esté a un paso de convertirse en el hombre más poderoso del planeta.
La mitad del mundo podría vivir bajo regímenes iliberales en este siglo. En 2024, el 40 por ciento de la población mundial participó en elecciones presidenciales o parlamentarias, incluyendo ciudadanos de Estados Unidos, el Reino Unido, Rusia, India, Ucrania, Pakistán, Indonesia, México y Taiwán. Líderes autoritarios y partidos nacionalistas-populistas están atacando a la democracia liberal en todo el mundo, aprovechando el deseo genuino de millones de personas de expresar sus convicciones espirituales a través de la política.
Yo creo que las democracias liberales deben adaptarse a esta nueva realidad. Sus líderes deben proteger la libertad de expresión y combatir la corrupción — que los movimientos anti-liberales usan como argumento para desacreditar las instituciones democráticas. También deben asegurarse de que el Estado trate por igual a todas las creencias y doctrinas morales, y que exista espacio real para que distintas comunidades de fe puedan vivir y expresarse libremente.
Sin esa renovación, muchas personas llegarán a la conclusión — no sin cierta razón — de que los liberales son enemigos de la fe y que deben ser derrotados para salvar a la Iglesia de la persecución. Algunas de las personas que ya piensan exactamente eso podrían pronto tener un poder enorme en sus manos.
Kevin Vallier es profesor de filosofía en el Instituto de Pensamiento y Liderazgo Constitucional Americano de la Universidad de Toledo, Ohio. Es autor de seis libros sobre religión, política y derecho. Su libro más reciente es All the Kingdoms of the World: On Radical Religious Alternatives to Liberalism (Oxford University Press, 2023). Síguelo en X: @kvallier.
